viernes, 14 de agosto de 2009

WALDO.

Mi vecino de departamento es un tipo al que no he visto muchas veces. En realidad, solo lo he visto una vez, hace tres días. Venía llegando con ropa deportiva, unos fonos puestos, unas zapatillas casi nuevas, blancas, parecidas a las usadas por Forest Gump en su travesía de salir a correr, un paño en la cabeza con la bandera de Inglaterra que decía "Glory", y varias gotas de sudor cayendo por su frente. Lo saludé y subimos juntos en el ascensor, lo que significó enterarme que era mi vecino. Debe tener unos treinta y tantos, pero representa varios años más. Es de estatura media, como la mía, flacuchento y barbón. Usa una barba de varios días que no se le ve nada de bien. Es algo escasa en algunos lugares de su cara, quizá por causa de varias cicatrices que no se alcanzan a esconder.
Como estuvo la corrida?, le pregunté, sin ánimo de molestarlo. "Trote", me dijo. "No corro, troto". De inmediato comenzó a parecerme algo singular. Su extraña forma de hablar, como con el aire hacia dentro, de pronunciar, remarcado las eses y erres. Esa particularidad de mirar tan fijamente a los ojos cuando dice sus palabras, moviendo las manos de manera casi siniestra. (tal cual lo hacía Rodrigo Muñoz-Medina interpretando sobre las tablas a Sanhueza en La Pequeña Historia de Chile).
Me hace falta salir a trotar, pensé, y se lo dije. "Cuando quieras podemos salir juntos, El Parque Almagro es peligroso de noche y de a dos sería mejor", me respondió. Y le lancé un "alguna vez te acompañaré". Entonces, acto seguido, me apuntó con el dedo, me miró fijamente, respiró hondo, se tomó algunos interminables segundos y me estremeció diciendo. "Te cobraré la palabra".

Al día siguiente, y luego de pensar que, después de todo, no es tan mala idea salir por las noches a trotar, o correr un poco y votar un algo de stress acumulado, aunque ya el día haya sido bastante exigente, aunque haya estado casi 14 horas trabajando, aunque realmente llegue al departamento muy cansado, solo con ganas de dejarme abrazar por las sabanas y acariciar por la suavidad del algodón, presente en cada hilo de la almohada, y aunque sea acompañando a este tipo tan desconocido y con cara de psicopata obsesivo compulsivo. Me decidí.

Y sucedió. 22.40 hrs, venía llegando de la pega, hastiado, como ha sido la tonica de la semana (larga por lo demás) y me lo volvi a encontrar, esta vez de salida. Usaba la misma pinta que traía la vez anterior, salvo por el paño de la cabeza, lo que delataba su avanzada calvicie y otras tantas cicatrices. Nos saludamos al cruce, y mientras entraba al ascensor escuché que le decia a Roberto, el conserje, que la noche anterior "estuvo peluda la trotada". Me dirijió una mirada serena, casi de preocupación. La puerta del ascensor comenzaba a cerrar, cuando reaccioné. Espérame, yo te acompaño. Le grité.

Subí al dieciocho, mi piso, dejé lo que traía en el suelo, me saqué toda la ropa, busqué rapidamente un buzo, unas zapatillas, una polera, un polerón, un gorro y me los tiré encima. Terminé de vestirme en la bajada. Ahí estaba Waldo, mi vecino desconocido, que ahora tiene nombre, y un gran nombre por lo demás, esperando a su unico conocido en este edificio, aparte del conserje, por lo que me dijo.


Hoy que no fui a trotar, por la tan necesitada lluvia que cae sobre Santiago, que de seguro dejará más de alguna calle o sector anegado, decidí dedicarle esto a mi vecino, que desde hoy es Waldo, el raro.

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