Nunca puedes cuantificar exactamente la magnitud de una catástrofe, porque es bien sabido que debes estar en los zapatos de quien sufre para determinarlo. Nunca esperas tampoco que algo te afecte a ti, o a los tuyos. Siempre quieres dominarlo todo. (Hablaré desde mi tribuna). Siempre quiero dominarlo todo.
El mismo día del terremoto fui a un matrimonio a Calera de Tango. Pensé hasta el último momento que lo darían por suspendido, dada la magnitud de los acontecimientos. El cura jesuita que ofició la ceremonia, en el mismo salón de eventos, pues la Iglesia donde estaba contemplado hacerla se desplomó, dijo una frase que me ha seguido hasta hoy; "Hay cosas que no podemos controlar", y creo que tiene toda la razón, a pesar de que siempre quiero hacer lo contrario. En fin, por sobre todas mis expectativas, reconozco qué lo pasé muy bien.
Ayer estuve casi ocho horas en un posta de la capital, tendido en una camilla, esperando por atención. Comprendí en ese momento las palabras del cura. Tengo dos fracturas en mi mano diestra, un trauma encéfalo craniano cerrado, muy leve, un yeso que me incomoda para todo; para dormir, para comer, para asearme y lo único que quiero es quitármelo, por la sencilla y absurda razón de querer controlar mis actos, y no verme limitado ante situaciones tan sencillas como las que ya mencioné.
Fueron casi ocho horas eternas, y claro, pudo haber sido menos, pero mi resguardo médico no daba para otra atención que no fuera la pública. No pagué ni un peso. Solo pagué en tiempo. A mi lado, en el box de atención, un reo de la cárcel Colina Uno lloraba angustiado, derivado desde el hospital penal por un desangramiento que lo tenía al borde de la muerte. Los gendarmes que lo acompañaban hablaban de cómo resistieron el terremoto, de cómo les gustaba trasladar reos a centros hospitalarios, para ver "enfermeras ricas" y de cuanto habían gastado cada uno en sus celulares de última generación. Yo, tratando de orinar en una especie de jarra plástica, por todo el líquido que me metieron en la sangre, sumamente menoscabado, simplemente escuchaba con atención.
Mi regocijo mayor, fue al salir, y no solo porque ya estaba hastiado en la camilla, sino más bien por ver a todos los que me esperaban afuera; los representantes de cada uno de mis seres cercanos y queridos que frecuento. Estaba parte de mi familia, de mis amigos, y de mis dos lugares de trabajo, verlos a todos reunidos fue gratificante, mucho más incluso que poder orinar bien después de tanto rato.
El novio de aquel matrimonio al que fui, decía algo que también recuerdo muy bien; "tenía todo programado, hasta las 3:34 am, ahí volví a ser yo". A eso del mediodía de ayer volví a la calma de golpe, no militar, sino de golpe al suelo. Venía de un ritmo muy acelerado, queriendo siempre controlarlo todo, trabajando y trabajando, sin vacaciones, pero una caída desde casi seis metros de altura en una escalera me frenó. El resultado ya está escrito, literalmente. Ahora, se supone que debería guardar reposo, y es lo que intento, soportando réplicas acostado en mi cama, en un décimo octavo piso de mi edificio, que por suerte no ha sufrido tanto como la Iglesia de Calera de Tango ni como el reo de Colina Uno.
Gracias a todos por estar ahí. Tanto física como emocionalmente. Los quiero mucho.
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