Basado en un hecho casi real
Juan Navarro Peña, octogenario campesino oriundo de la ciudad de Teno, accidentado con un bloque de adobe que cayó sobre su pie causándole una fractura expuesta, el día del terremoto, trasladado de Curicó hasta San Fernando y finalmente al box de Traumatología de la Posta Central, jamás imaginó que se juntaría allí con Juan Peña Navarro, maipucino anciano, afectado de fibrosis quística y osteoporosis, que la noche anterior sufrió una fractura en su cadera producto de lo frágil de sus huesos. Antes que ellos, en el mismo box, Rodrigo Lemal, citadino joven de casi treinta años, accidentado semanas antes, con dos fracturas en su brazo derecho, esperaba por atención, quejándose del fuerte dolor que le provocaba el yeso que tenía puesto. Ambos ancianos, los enfermeros y doctores, incluso el mismo joven no sabían lo que esa noche les tenía preparado.
Teno había quedado destrozado, nada en pie. Los más de ocho grados del terremoto habían sido implacables. Juan Navarro Peña tuvo una sola convicción pasadas las tres y media de la madrugada de aquel trágico día; "aquí me muero", pensó. Recordó que veinticinco años antes, otro terremoto le había despojado de su lado a la mujer con la que cumpliría en esos días, más de medio siglo de casados. Todo se desplomó en cuestión de minutos. Solo y como pudo trató de resistir en su casa, resguardando solamente lo esencial. Perdí todo, se lamentaba, mientras su pierda castigada por un bloque de adobe sangraba sin parar. Las gallinas, la cosecha de papas, las lechugas, su casa, sus recuerdos, sus hijos, su mujer, su fé, todo estaba perdido.
Producto de un cáncer a la próstata, el anciano del sector poniente de la capital, Juan Peña Navarro, quedó inmovilizado desde la cintura hasta la punta de sus pies hacía ya varios años. Dependía exclusivamente, para todo, de la única hija que se quedó con él para cuidarlo. No sentía ningún dolor. El tampoco.
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